Zawiya Shadhiliya Darqawiya Al-Alawiya

Mawlana Sidi Ahmed Ibn Mustafa Al Alawi Al Mostghanmi - Qaddasa Allahu Ruhahu Shaikh de la Tariqa (1869 - 1934)tasawf@gmail.com, IN PANAMA CITY

viernes, septiembre 01, 2006

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EN EL TIEMPO DEL PROFETA ( S.W.S ), EL  TASAWWUF ERA UNA REALIDAD SIN NOMBRE, TASAWWUF HOY ES UN NOMBRE, PERO SOLO ALGUNOS CONOCEN SU REALIDAD

                   LOS FUNDAMENTOS DE NUESTRO CAMINO                                                                                         


"Eres bienvenido entre nosotros, tienes sitio en nuestro corazón y en este lugar; tienes a la familia en nosotros, para que disfrutes a gusto de su compañía; hazlo tranquilamente porque nada de lo que quieres es molesto para nosotros".


La Tariqah Alawiya


Mawlana Sidi Ahmed ibn Mustafa Al-’Alawi dijo: " Mi tariqah permanecerá hasta el fin de los tiempos "


La Tariqa Alawiya posee una cadena de transmisión espiritual que, comenzando por el Profeta Muhammad, la paz y bendiciones sean con él, continúa por Sayyidna ‘Ali y llega hasta nuestros tiempos, pasando por el Sheij Shadhili, el Sheij Darqawi y Mawlana Sidi Ahmed Ibn Mustafa Al-Alawi, que Allah esté satisfecho de ellos.


El Sheij al-Alawi, muerto en 1.934, es el que da nombre a esta Tariqa, puesto que es el renovador (en el sentido de actualizador) de la rama Darqawi a la cual pertenece. Su renombre, en aquella época, no solo llegó hasta todo el mundo árabe sino que transcendió a Europa y al mundo cristiano. Esta tariqa floreció con él y se asentó físicamente en la Zawiya de Mostaganem, Argelia, donde actualmente se encuentra su tumba. Fue autor de numerosas obras que tratan desde comentarios del Qur’an, hasta tratados de Cosmología. Poseedor de un conocimiento profundo, era capaz de acallar fácilmente los comentarios sin base de algunos ulemas, de los que algunos acabaron siendo sus discípulos. Podríamos decir que su conocimiento era el Tawhid, y su comportamiento el Qur’an y la Sunnah del Rasul. Podríamos relatar muchos pasajes de su vida, pero remitimos al lector a la obra de Martin Lings "Un santo musulmán del Siglo XX".



Mawlana Sidi Ahmed Ibn Mustafa Al Alawi Al Mostghanmi - Qaddasa Allahu Ruhahu Shaikh de la Tariqa (1869 - 1934)



Nació en Mostaganem (Argelia) el año 1869. Su familia era modesta pero distinguida. Su nombre, tal como figura en la mayoría de sus libros, era: Abu al-´Abbas Ahmad al-´Alawi.

Fue su padre el que le enseñó a leer y a escribir iniciándolo en el estudio del Quran. Pero esas lecciones duraron poco tiempo. Debido a la extrema pobreza de la familia, tuvo que empezar a trabajar siendo aún muy joven, primero como zapatero, después en una pequeña tienda. Durante su tiempo libre asistía a una serie de lecciones sobre Tawhid que se impartían en una de las mezquitas de la ciudad.

Su padre murió cuando él apenas tenía dieciséis años de edad. Poco después se adhirió a la Tariqa ´Isawiyya y adquirió una gran maestría en la taumaturgia de ese método sufi. Pero no tardó en poner en duda el valor espiritual de esas prácticas que habían degenerado en puro exhibicionismo. Dejó de asistir a las reuniones de los ´isawa aunque continuó ejercitándose en las invocaciones de la Tariqa y encantando serpientes, hasta que entró en contacto con el que habría de ser su verdadero maestro, Sidi Muhammad al-Buzidi (Buçaidi), shayj de la Tariqa Darqawiyya. Cuando al-Buzidi conoció al-´Alawi y supo de su arte le pidió que trajera una serpiente y la encantara ante él. Cuando hizo lo que el shayj le había pedido, éste le dijo que no volviera a hacerlo jamás, y que en su lugar amaestrara otra serpiente más turbulenta y venenosa: el Nafs, el propio ego, aquello que hay dentro del ser humano y que lo destruye totalmente. Impresionado, al-´Alawi le pidió que le admitiera como discípulo. Al-Buzidi lo admitió en la Tariqa Darqawiyya, prohibiéndole que continuara asistiendo a los cursos sobre Tawhid, tema demasiado trascendental para una comprensión puramente exterior o mental, exigiendo, en realidad, un entendimiento interior o intelectual que despierta al concentrarse sobre la invocación del Nombre de Allah (Dzikrullah). Cuando al-´Alawi hubo alcanzado otra percepción, su shayj le autorizó a retomar las lecciones, una vez abierta la capacidad intuitiva de su inteligencia. Al cumplir los veinticinco años, al-Buzidi lo nombró muqaddam permitiéndole con ello iniciar en la Tariqa a todo aspirante al que juzgara digno.

A la muerte del shayj al-Buzidi, quince años más tarde, en el 1909, los miembros de la Tariqa insistieron a Ahamd al-´Alawi para que fuera su nuevo shayj. Fue así como sustituyó a al-Buzidi al frente de la Tariqa de los darqawa.

En 1914 decidió independizar su zawiya de la zawiya-madre de los darqawa marroquíes y la nueva rama fue llamada Tariqa ´Alawiyya Darqawiyya Shadiliyya. Una de las razones de esta “ruptura” fue que él sintió la necesidad de introducir en su método la práctica del retiro (jalwa) en una habitación aislada y bajo su estricta vigilancia, considerándolo más adecuado y afectivo para alcanzar la absoluta concentración del aspirante, en lugar de hacerlo en parajes naturales según la práctica habitual de los darqawa.

Su fama se extendió pronto por todo el Norte de Africa y no tardaron en llegar hasta él discípulos de todas partes que deseaban recibir su instrucción en la ciencia del sufismo. Una gran zawiya fue levantada frente al mar en Tiÿit, barrio musulmán de Mostaganem. Shayj Ahmad al-´Alawi, heredero de una sabiduría ancestral, fue el representante más eminente del sufismo de su época y considerado por muchos como el muÿaddid (renovador, revitalizador) del Islam del siglo XIV de la era musulmana.

Inevitablemente, entró en conflicto con los enemigos del sufismo, en especial con los miembros del grupo “reformista” de la salafiyya. Como una especie de antídoto a sus ataques, el shayj al- ´Alawi decidió publicar una revista semanal, “al-Baläg”, en la que al lado de la apología del sufismo, criticó a los pretendidos “reformistas” por su sumisión continua al mundo occidental a expensas del Islam, defendió la importancia del árabe como vehículo de conocimiento y reprochó la occidentalización de las costumbres. Debido a sus ataques a la política colonialista de los franceses y a que Abdelkrim estuvo entre sus discípulos, las autoridades francesas impusieron restricciones a sus movimientos.

A su muerte, en 1934, tenía unos doscientos mil alumnos, y sus zawiyas se extendían por todo el Maghrib, Siria, Palestina, Egipto, Yemen, Etiopía e incluso Europa (París, Marsella, La Haya, Cardiff)J. Sus numerosos discípulos yemeníes, muchos de ellos marineros, fueron uno de los factores en la rápida difusión de la Tariqa ´Alawiyya por diversos puertos.

Shayj Sidi Ahmad al-´Alawi fue un hombre culto, gustaba de la poesía y, según el testimonio de muchos europeos que lo conocieron, la fuerza de su personalidad era extraordinaria, su creatividad imparable, y su amor al saber no conocía límite. A.Berque, en una de sus obras, escribe de él: “Fue amante de la investigación metafísica hasta el final de sus días. Pocos problemas hay que no haya abordado, apenas hay ninguna filosofía cuya sustancia no haya extraído”. Esta amplitud intelectual iba a la par con una ferviente lealtad al Islam: insistía a sus discípulos para que rindiesen justicia al aspecto exterior del Islam, a su método y a su realidad interior. Sus escritos, así como sus poemas, contiene formulaciones magistrales de esos tres ámbitos indisociables.


La Silsila de la Tariqah Alawiya



Prophet Mohamed ibn ‘AbdAllah Salla Allahu Alayhi Wa Sallam

Sidi Al Imam‘Ali ibn Abi Talib - Karram Allahu Wajhah -


Sidi al Imam al-Hasan as-Sibt ibn ‘Ali ibn Abi Talib - Radhiya Allahu Anhu -
Sidi Abu Muhammad Jabir
Sidi Sa‘id Al Ghazwani
Sidi Muhammad Fath As Su’ud
Sidi Sa‘ad
Sidi Abu Muhammad Sa’id
Sidi Alimad Al Marwani
Sidi Ibrahim Al Basri
Sidi Zain ad-Din Al Qazwini
Sidi Muhammad Shams Ad Din
Sidi Muhammad Taj Ad Din
Sidi Nur ad-Din Abu’l-Hasan ‘Ali
Sidi Fakhr Ad Din
Sidi Taqi ad-Din Al Fuqair
Sidi ‘Abd ar-Rahman Al ‘Attar Az Zayyat
Sidi ‘Abd as-Salam ibn Mashish


Sidi Al Ustadh Abu ‘l-Hasan Ash Shadhili


Sidi Abu’l-‘Abbas Al Mursi
Sidi Ahmad ibn Ata’ Allah Al Iskandari
Sidi Da’ud ibn Bakhili
Sidi Muhammad Wafa Bahr As Safa
Sidi ‘Ali ibn Wafa
Sidi Yahya’l Qadiri
Sidi Ahmad Al Hadrami
Sidi Ahmad Zarruq
Sidi Ibrahim Al Fahham
Sidi ‘Ali as-Sanhaji Ad Dawwar
Sidi ‘Abd ar-Rahman Al Majdhub
Sidi Yusuf Al Fassi
Sidi ‘Abd ar-Rahman Al Fassi
Sidi Muhammad ibn ‘Abd Allah
Sidi Qasim Al Khassasi
Sidi Ahmad ibn ‘Abd Allah
Sidi Al-‘Arabi ibn ‘Abd Allah
Sidi ‘Ali Al Jamal

Sidi Al Ustadh Al-‘Arabi ibn Ahmad Ad Darqawi

Sidi Ya'za Al Muhaji
Sidi Muhammad ibn Qaddur Al Wakili
Sidi Muhammad ibn al-Habib Al Buzeidi


Shaikh Al Waqt Sidi Al Ustadh Ahmad ibn Mustafa Al `Alawi Al Mostghanmi
Radhiya Allahu Anhum Jami'an - May Allah Be Pleased with them


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IMPORTANCIA DEL ŠAYJ SÎDÎ AHMAD AL-‘ALAWI

En el prefacio a la primera edición inglesa de A sufi of the Twentieth Century (1961)[1], su autor, Martin Lings[2], llama la atención sobre el desconocimiento casi generalizado en torno a la figura y el pensamiento del maestro sufí y creador de una importante escuela de espiritualidad islámica, el Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî[3] (Mostaganem, Argelia, 1869-1934):

“El Šayj al-‘Alawî es casi del todo desconocido fuera del ámbito de la mística islámica. Bien es verdad que entre 1910 y 1930 publicó más de diez obras, varias de las cuales alcanzaron una segunda edición, en lugares como Argel, Túnez, El Cairo, Damasco y Mostagán, su lugar de residencia; pero estas obras han escapado a la atención del mundo académico hasta un punto que resulta anormal, pues incluso lo han hecho para los especialistas que, como Brockelmann, se esfuerzan en registrar todos los libros o tratados en árabe cuya existencia se conoce. Además, no hay ningún ejemplar de ninguno de los escritos del Šayj en la Bibliothèque National, y hasta hace muy poco no había ninguno en el British Museum, que todavía no ha logrado obtener su obra principal ni tampoco sus poemas,... Sin embargo, su fama llegó hasta Dermenghem, quien se refiere a él de pasada como ‘uno de los más célebres šayjs místicos de nuestro tiempo’ (Vies de Saints Musulmans, p. 30); y Massignon también lo menciona muy ocasionalmente, aunque también en este caso nunca se trata más que de una referencia superficial”[4].

La mayor parte del contenido del ensayo de Martin Lings, junto a la traducción de textos a partir del original árabe, constituyó la base para su tesis doctoral, aprobada finalmente por la Universidad de Londres. El libro de Lings sigue siendo, en la práctica, la única fuente de información amplia, seria y rigurosa en lengua occidental sobre el maestro argelino, a quien el arabista inglés no duda en calificar de uno de los máximos exponentes de la espiritualidad musulmana del siglo veinte[5]. Algunos pocos orientalistas más compartieron esa admiración, como A. Berque:

“Traté al Šayj Bin-‘Aliwa desde 1921 hasta 1934. Le vi envejecer lentamente. Su curiosidad intelectual se agudizaba cada día más, y fue un amante de la investigación metafísica hasta el final de sus días. Pocos problemas hay que no haya abordado, apenas hay ninguna filosofía cuya sustancia no haya extraído”[6].

La personalidad y presencia del Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî debían ser imponentes, según atestiguaron sus discípulos. La poderosa fascinación que ejerció sobre algunos de los intelectuales occidentales que lo conocieron en vida, queda reflejada en una cita, entresacada de un artículo de Frithjof Schuon, con la que Martin Lings pone punto final a su biografía del maestro sufí:

“La idea que constituye la esencia secreta de cada forma religiosa, la que, por la acción de su presencia interior, hace que cada una sea lo que es, es demasiado sutil y demasiado profunda para ser personificada con igual intensidad por todos cuantos respiran su atmósfera. Tanto mayor es la fortuna de tomar contacto con un verdadero representante espiritual de una de estas formas (mundos que el Occidente moderno no logra comprender), tomar contacto con alguien que representa en sí mismo, y no solamente por su pertenencia a una determinada civilización, la idea de la que ésta vive desde hace siglos.

Conocer a tal persona es como encontrarse cara a cara, en pleno siglo XX, con un santo medieval o un patriarca semita, y ésta fue la impresión que nos produjo el Šayj Al-Hayy Ahmad Bin-‘Aliwa, uno de los más grandes maestros del Sufismo, que murió hace unos pocos meses en Mostagán.

Con su chilaba parda y su turbante blanco, con su barba plateada y sus largas manos cuyos gestos parecían grávidos por el flujo de la baraka (bendición) exhalaba algo del ambiente arcaico y puro de Sayyidnâ Ibrâhîm al-Jalîl (Abraham). Hablaba con voz baja y suave, una voz de cristal astillado de la que, fragmento a fragmento, dejaba caer sus palabras.

Sus ojos, que eran como dos lámparas sepulcrales, parecían perforar todos los objetos y ver en su cáscara externa solamente una misma y única nada, más allá de la cual siempre veían una misma y única realidad: el Infinito. Su mirada era muy directa, casi dura por su enigmática inmovilidad, y, sin embargo, llena de caridad. A menudo las largas hendiduras de los ojos se agrandaban súbitamente, como captadas por un espectáculo maravilloso.

La cadencia de los cantos, de las danzas y de las encantaciones rituales parecía perpetuarse en él mediante vibraciones sin fin. Su cabeza se movía a veces con un balanceo rítmico mientras su alma estaba sumergida en los insondables misterios del Nombre Divino, oculta en el Dikr, el Recuerdo. De su persona se desprendía una sensación de irrealidad, tan remoto era, tan inaccesible, rodeado, a la vez, de toda la veneración que se debe al santo, al jefe, al anciano y al moribundo”[7].

El interés por Šayj al-‘Alawî no radica exclusivamente en su producción literaria o su atractiva personalidad. Fue, ante todo, un maestro para sus discípulos y el fundador de una importante Tarîqa, una Vía espiritual de gran envergadura y una Hermandad que le ha sobrevivido, es activa y aúna a muchos afiliados (fuqarâ’)a pesar de su carácter descentralizado. Martin Lings enumera los siguientes datos: en 1923, en el Echo d’Oran del trece de septiembre, el Šayj declaraba personalmente tener al menos cien mil discípulos. Sólo cuatro años más tarde, Probst-Biraben escribía en la Revue Indigène que el Šayj contaba ya con doscientos mil seguidores. A su muerte había fundado, él y sus muqaddam-s o delegados, centros sufíes (zâwiyas) no sólo por todo el Norte de África, sino también en Damasco, Palestina (Jaffa, Gaza y Faluja), Adén, Addis Abeba, Marsella, París, La Haya y Cardiff.

La rápida extensión de la Hermandad ‘Alawî (Tarîqa ‘Alawiyya) sobre una geografía tan vasta se debe a las especiales condiciones políticas de la Argelia de entonces. Su relación con las demás colonias francesas, con las que estaba bien comunicada, como después la gran emigración hacia Francia y Europa en general, son factores que aclaran la rapidez y alcance de esa difusión. En la actualidad, es prácticamente imposible hacer un balance del número de seguidores de la Vía ‘Alawî de espiritualidad, puesto que la descentralización de la organización ha hecho que surjan continuadores de la obra del Maestro sin conexión entre sí y sin establecerse censos ni registros de ningún tipo.

En su tesis, tras una introducción general al sufismo y una detallada biografía del Šayj, M. Lings hace una presentación de los rasgos generales de la enseñanza ‘alawî. Con ello ofrece una visión de conjunto de su obra apoyada en fragmentos entresacados de las producciones más importantes del Šayj. Lings finaliza su estudio con una selección de poemas, una lista (incompleta) de los libros del maestro y un árbol de su genealogía espiritual.

Más tarde, M. Lings fue invitado a redactar un artículo sobre el Šayj al-‘Alawî para la Encyclopaedia of Islam que se publicó bajo el encabezamiento Ibn ‘Aliwa, porque los dos primeros volúmenes, que comprendían las letras A-G, ya estaban en prensa. No se trató de un simple subterfugio: Ibn ‘Aliwa es el nombre con el que el maestro firmó algunas de sus obras. De esta dualidad procede el hecho de que a sus discípulos se les conozca indistintamente como ‘alawíes o ‘aliwíes.

Estos trabajos, junto a la labor de J. L. Michon, que dio a conocer a Ibn ‘Ayîba (Marruecos, 1747-1809)[8], están encuadrados en el intento, aún insuficiente y parcial, por rescatar del olvido académico la relevancia del sufismo norteafricano. Hasta ahora ha sido comúnmente denostado[9] y casi reducido a un listado de nombres en catálogos sobre la situación del Islam magrebí, para uso de militares y personal de la administración durante la época colonial[10], o bien ha estado camuflado en trabajos de intención etnológica diseminados, generalmente, por publicaciones especializadas[11]. En gran medida, el interés por la espiritualidad musulmana se ha visto y se sigue viendo secuestrado por las grandes figuras clásicas, si bien las investigaciones de H. Corbin han demostrado su continuidad con el mismo vigor y creatividad hasta el presente, al menos en el Islam iraní. Falta por valorar esa pervivencia y su influencia en otras regiones del mundo musulmán.

Si la información sobre el Šayj al-‘Alawî en lenguas occidentales es escasa y limitada, no es menor la dificultad a la hora de encontrar sus obras en árabe. En la actualidad, los arraigados centros ‘alawíes de París y de Tánger, entre otros, han desplegado un notable esfuerzo para reeditar los libros y difundir las enseñanzas del maestro por Europa[12] y el Magreb, publicando también breves traducciones y semblanzas del Šayj, así como algunos boletines de escaso alcance. Pero es la Imprenta ‘Alawí de Mostaganem la que intenta llenar el vacío con ediciones que agotan los propios miembros de las numerosas zâwiyas[13] fundadas por el Maestro o sus delegados (los muqaddam-s). De este modo, como afirma M. Lings, los discípulos, que hacia el final de la vida del Šayj ya se contaban por miles, actúan, a pesar de sí mismos, de barrera entre su maestro y un público más general. Las circunstancias han hecho que sus obras circulen casi como documentos internos de su escuela y a los que sólo el trato con sus miembros permite tener acceso.

En Melilla existe desde hace ya muchas décadas un centro sufí, la zâwiya ‘alawî, única en su género dentro del Estado español. Sobre una pequeña y aislada colina, próxima al puesto fronterizo de Farhana y frente al cementerio musulmán de la ciudad (Sîdî Waryaš), está el edificio en el que Sîdî Muhammadi Belhach Tahar (m. 1946), discípulo directo y después delegado (muqaddam) de al-‘Alawî, impartía entre los años veinte y cuarenta del s. XX las enseñanzas que había recibido en Argelia de su maestro.

Este muqaddam -cuya biografía empieza a desdibujarse en una aureola de irrealidad- ejerció como guía espiritual durante unos años críticos en la historia de la ciudad y, especialmente, de los musulmanes, que no habían digerido aún la derrota de Abdelkrim. Logró reunir a su alrededor a una gran cantidad de seguidores entusiastas, hecho que alarmó y despertó las sospechas de las autoridades españolas. Pronto fue acusado de entendimiento con los franceses y acabó encarcelado durante siete años en diferentes prisiones militares del Rif. Al parecer, se cursaron órdenes para su fusilamiento, suspendidas a última hora.

Un artículo aparecido en 1923, titulado La secta Aliuia en Melilla y publicado por la Liga Africanista Española, preparó esas acusaciones y recuerda a las autoridades la hostilidad tradicional de las hermandades sufíes hacia la intervención colonial tanto de Francia como de España[14]. Especialmente despertaban inquietud los darqâwa, de los que los ‘alawíes eran una rama. Los qâdiríes, que poseían una zâwiya en las inmediaciones de Melilla y a la que estuvo inicialmente afiliado Sîdî Muhammadi, se habían resignado a la presencia española e, incluso, algunos de sus representantes fueron tenidos por colaboradores.

Por dicho artículo sabemos que Sîdî Muhammadi, tras haber renunciado a sus escasas posesiones materiales y atraído por la creciente reputación del Šayj de Mostaganem, se trasladó a Argelia donde permaneció entre los años 1909 y 1920 para consagrarse en exclusiva al estudio y a las prácticas sufíes bajo la dirección del Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî, quien finalmente lo sometió -según nos han contado algunos de los que fueron sus compañeros- a una jalwa o retiro absoluto en un espacio reducido para la intensificación de los efectos del Dikr, la Mención del Nombre de Allah. Esta práctica la repetiría Sîdî Muhammadi más tarde con algunos de sus propios discípulos destacados para hacerles acceder a un elevado estado de experiencia espiritual. Su estancia en el país vecino y su exitosa actividad entre los musulmanes de Melilla y sus alrededores, son la base de las denuncias que lo condujeron a las prisiones militares. Por su parte, el Šayj al-‘Alawî fue interrogado en Argelia por presuntas relaciones con el emir Abdelkrim y respondió con evasivas[15].

A pesar de su largo encarcelamiento, el número de discípulos de Sîdî Muhammadi siguió creciendo así como su reputación entre los musulmanes melillenses de su época, a quienes proporcionó un marco para su autoafirmación ante las agresiones culturales y sobretodo los animó en medio de la desmoralización que supuso el fracaso del levantamiento del Rif. Siguiendo la costumbre tradicional sufí, y contraviniendo con ello las ordenanzas municipales, a su muerte fue enterrado en la misma casa que había construido como zâwiya y que no tardó en convertirse en una de las principales instituciones musulmanas de la ciudad.

El Hach Mimún, primogénito de Sîdî Muhammadi, es ahora el encargado del mantenimiento de la zâwiya, que está siendo ampliada y enriquecida y en la que anualmente, a mediados de julio, se conmemora la muerte de su fundador. A lo largo de tres días consecutivos se celebran conferencias y audiciones de canto, para el que se emplean los poemas del Šayj al-‘Alawî, manteniendo vivas algunas de las más genuinas tradiciones sufíes. El acontecimiento congrega a más de mil quinientos ‘alawíes, hombres y mujeres, quienes acuden para conmemorar al difusor de las enseñanzas de al-‘Alawî por el Rif. Las danzas y el trance son frecuentes en esas sesiones que se prolongan hasta bien entrado el amanecer. Al margen de esa magna concentración, todos los jueves por la noche los fuqarâ’ ‘alawíes de Melilla se juntan para la celebración comunitaria del Dikr. No obstante, el auge y dinamismo de los movimientos islamistas -contrarios, por lo general, al sufismo, pues han hecho suyas muchas de las ideas sobre el mismo que en su momento difundió el colonialismo-, y también cierta dejadez y desorientación ante los retos actuales, han ido socavando el prestigio de la zâwiya, relegándola a un segundo plano hasta llegar hoy para muchos a pasar casi desapercibida en el Islam de la ciudad.

La emigración, como sucedió a mediados del s. XX, favorece la expansión de esta zâwiya, y de la Vía ‘Alawî en general, e, incluso, en Madrid, pequeños centros ‘alawíes desarrollan actividades y atraen a nuevos aspirantes entre los magrebíes que buscan retomar las enseñanzas espirituales de sus mayores.

En resumen, la Tarîqa ‘Alawî, tras inevitables y tópicas reticencias al comienzo de su andadura, se ha visto aceptada y es contada entre las ramas del šadilismo, y su fundador -Polo del Islam para sus seguidores- goza del respeto y la consideración debidos a los Awliyâ’, los amigos íntimos de Allah.





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[1] Martin Lings, Un santo sufí del siglo XX, Madrid, Taurus, 1982.

[2] Martin Lings ha sido profesor en la Universidad de El Cairo durante muchos años y conservador de manuscritos orientales en la British Library.

[3] El nombre completo de este maestro sufí, tal como figura en los títulos de la mayoría de sus libros, era Abû l-‘Abbâs Ahmad ibn Mustafà al-‘Alawî (o al-‘Alâwî).

[4] Martin Lings, Un santo sufí..., p. 11.

[5] No tenemos conocimiento de otras obras de relevancia sobre el Šayj en lenguas occidentales, si bien la influencia de Lings ha hecho que se le cite con relativa frecuencia en libros y artículos sobre sufismo aparecidos con posterioridad a la publicación de su tesis.

[6] A. Berque, Un mistique moderniste, 1936, citado por M. Lings en Un santo sufí..., p. 77.

[7] Frithjof Schuon, Rahimahu llah, en Cahiers du Sud, agosto-septiembre de 1935. Citado por M. Lings, Un santo sufí..., pp. 112-113. Precisamente Frithjof Schuon, iniciado en el Islam y el sufismo por el Šayj al-‘Alawî, sería después el difusor de su Doctrina en algunos círculos europeos, llegando a crear su propia escuela, la Maryamiyya, que reunió entre sus seguidores a un notable grupo de arabistas cuyos continuadores copan hoy buena parte de la producción sobre sufismo en Occidente. Véase Las sendas de Allah, pp. 665-671.

[8] J. L. Michon, Ibn ‘Ayîba et son Mi‘râdj, tesis, París, 1966.

[9] Se ha considerado habitualmente falto de originalidad al sufismo posterior a la época de oro del Islam, acusación que Lings rebate en otro de sus libros: “El mundo occidental ha sufrido tanto tiempo el ataque del humanismo que los estudios sobre el sufismo, inconscientemente a veces, emiten juicios según criterios humanistas y, por tanto, antimísticos. Esto podría llevar a creer que Oriente, a partir del siglo XVI, comenzó a ‘estancarse’, mientras Occidente ‘se desarrollaba’ y ‘progresaba’. Pero sea cual fuere el sentido atribuido a esta última palabra, hay algo que jamás podría designar, incluso para el progresista más fanático, y es ‘el progreso en desapegarse del mundo’, que es el único tipo de progreso que la mística puede aceptar. Por lo que respecta al reproche de ‘estancamiento’, en el caso del sufismo significaría que éste no ha producido ‘pensadores originales’... Si la palabra ‘original’ es considerada aquí en su acepción moderna, entonces esa pretendida debilidad se convierte en fuerza: es la capacidad de no desviarse en manifestaciones de individualismo en las que la novedad prevalece sobre la verdad. Pero en lo que se refiere a su verdadero sentido, que es el contacto directo con el origen, entonces su perpetuación estaría garantizada... porque no podría existir renovación del vigor sin retorno a la fuente de la inspiración”. Martin Lings, ¿Qué es el sufismo?, pp. 125-126.

[10] Un ejemplo del interés meramente estratégico acompañado de descalificación lo tenemos en la obra, fundamental para el conocimiento de la situación espiritual en el Norte de África a finales del s. XIX, de Octave Depont y Xavier Coppolani Les confréries religieuses musulmanes, París, 1897, donde se da cuenta de la situación bibliográfica colonial sobre el tema (véase p. XVI).

[11] Émile Dermenghem, Le culte des saints dans l’Islam maghrébin, Gallimard, París, 1954. Sobre todo Fenneke Reysoo, Pèlerinages au Maroc, Éditions de l’Institute d’ethnologie, Neuchâtel, París, 1991, donde hay una extensa bibliografía sobre las investigaciones antropológicas en torno al sufismo magrebí.

[12] Hay que señalar que la emigración argelina arrastró consigo a muchos ‘alawíes, por lo que esta corriente de espiritualidad cuenta con una importante y antigua presencia en el continente europeo.

[13] Una zâwiya es un centro sufí que comienza como lugar de residencia de un maestro o de su delegado (muqaddam) y va incorporando anexos y dependencias (mezquita, albergue, cementerio,...) al dictado de las demandas y las necesidades del momento, pudiendo convertirse con el tiempo en un complejo de varios edificios.

[14] Revista Hispano-Africana, editada por la Liga Africanista Española (Madrid), año 1923, sept./oct.

[15] Adâmîm al-Madd as-Sâri, pp. 8-9.

OBRA DEL ŠAYJ SÎDÎ AHMAD AL-‘ALAWI

Sîdî Ahmad al-‘Alawî fue un maestro sufí o Šayj en el sentido más estricto y convencional de la palabra. Prefería la transmisión oral de su enseñanza[1], pero también fue autor de una importante literatura escrita. Para él, el acto de escribir respondía a la necesidad de liberarse del peso de una agobiante sucesión de intuiciones. En la introducción a uno de sus libros escribió:

“La causa de este escrito fue un estado de absorción interior que envolvía habitualmente a mi corazón y que impedía que mis pensamientos recorrieran toda región inferior a la de los cuerpos celestes. A veces este estado se apoderaba de mí, de todo mi ser, y me conducía inevitablemente a la misma Esencia de cuanto existe. Pero, cualquiera que fuese el grado en el que yo estuviera, me venían inspiraciones y relámpagos de conocimiento directo, fuera del alcance de mi comprensión, uno detrás de otro, sin descanso. Al principio traté de apartarme de ellos, negándome a reconocer como auténticas las exigencias con que me acometían, pero finalmente me vencieron y pusieron el sello de su autoridad sobre mis más íntimas convicciones. Sabiendo, por tanto, que era impotente para resistirme a ellas, y convencido de estar prisionero de este estado, me resolví a aceptarlo y me sometí a la Voluntad de Dios, después de haber tomado refugio en el consejo de mi maestro, quien me dijo que escribiera este libro”[2].

Su obra y su estilo se insertan plenamente en la línea, muy didáctica, de la escuela darqâwî[3], de tradición šâdilî, que a su vez refundía y continuaba las reflexiones de los grandes maestros del pasado, como el Šayj al-Akbar Muhyî d-Dîn Ibn al-‘Arabî, al-Ŷîlî o el poeta Ibn al-Fârid, entre otros muchos, a quienes al-‘Alawî cita con frecuencia..
Sin embargo, al-‘Alawî intentó adaptar su talante eminentemente tradicionalista a la realidad de los tiempos, y quizás haya sido el primer maestro sufí en fundar una publicación periódica, el seminario en árabe al-Balâg, en 1926, que siguió editándose varios años después de su muerte. Entre los años 1910 y 1930 sacó a la luz más de diez obras, varias de las cuales alcanzaron pronto una segunda y tercera edición, en lugares como Argel, Túnez, El Cairo y Mostaganem. Sin sumarse a la corriente modernista, el Šayj mantuvo una actitud distante respecto a las autoridades coloniales, buscando potenciar su escuela como baluarte de resistencia ante la progresiva e imparable occidentalización de la sociedad urbana argelina.
Conocemos dos listados de las obras del Šayj, una de ellas aparece como apéndice en el libro de Lings, y la otra se encuentra en la introducción a una edición de algunos de los artículos que publicó en al-Balâg. Ambas, junto a otros datos que hemos encontrado dispersos por las distintas ediciones de sus obras, se refundirían en la siguiente lista:

1. Al-Minah al-Quddûsiyya fi Šarh al-Muršid al-Mu‘în bi Tarîq as-Sûfiyya. Es el libro más importante del Šayj y en el que basaremos el presente trabajo. Lo redactó en años de juventud cuando aún era sólo uno más de los discípulos de su maestro al-Buzaydî. Más tarde lo revisó, siendo publicado por primera vez en Túnez en 1911. Ha sido varias veces reeditado por la Imprenta ‘Alawî de Mostaganem, siendo la última vez en 1998.

2. Al-Mawâdd al-Gaytiyya an-Naši’ ‘an al-Hikam al-Gawtiyya. Comentario a los aforismos atribuidos a Su‘ayb Abu Madyan (célebre místico de origen andalusí, fallecido en Tlemcem -Argelia- en 1197). Fue escrito en 1910, y publicado parcialmente en 1942. El primer volumen de esta obra ha vuelto a ser impreso en Mostaganem en 1989. El segundo apareció en 1994.

3. Miftâh aš-Šuhûd fi Mazâhir al-Wuŷûd. Manual de cosmología y astronomía, interpretadas en clave mística. El manuscrito estaba fechado en el año 1322 h/1904. La obra ha sido reimpresa por la Imprenta ‘Alawî de Mostaganem en 1985.

4. Dîwân. Esta colección de poemas es el libro más difundido del Šayj y uno de los más fundamentales. Aún hoy, las qasidas del Dîwân son recitados todos los jueves por la noche, y en cualquier otra ocasión solemne, en las zâwiyas de la Tarîqa. Publicado por primera vez en 1921, ha conocido hasta una cuarta edición en Mostaganem (1987).

5. Tafsîr al-Qur’ân. Comentario coránico inacabado (sólo llega hasta el versículo 40 del segundo capítulo). El Šayj interrumpió la obra para, según confiesa él mismo, no degenerar en un modo de expresión demasiado abstruso. Las meditaciones sobre cada palabra del Corán lo conducían a un estado tal de absoluta inmersión en el texto que le hizo temer “caer totalmente bajo el imperio de su poderoso y persistente impulso”. Es uno de sus primeros escritos, y todavía no ha sido publicado. El único manuscrito existente se halla en la zâwiya de Mostaganem.

6. Al-Unmûdaŷ al-Farîd. Pequeño tratado en el que, como señala su subtítulo, se “indica la vía de la realización perfecta de la Unidad considerando lo que significa el envolvimiento de la Revelación en el Punto de la Básmala”. En este escrito, el Šayj habla de la simbología de las letras del alfabeto árabe. Puede encontrarse un breve resumen del libro en la obra de Lings. Fue escrito hacia 1910.

7. Lubâb al-‘Ilm fi Sûrat Wa n-Naŷm. Comentario místico al capítulo LIII del Corán. Escrito en 1915.

8. Tafsîr Sûrat Wa l-‘Asr. Comentario al capítulo CIII del Corán. Estas tres últimas obras han sido editadas en 1998 en un sólo volumen al que la Imprenta ‘Alawî ha dado el título conjunto de Manhal al-‘Irfân.

9. Al-Qawl al-Maqbûl fi mâ tatawassal ilayhi l-‘Uqûl. Breve exposición de Islâm, Îmân e Ihsân, los tres grados de la realización del Dîn. Escrito en 1913.

10. Dawhat al-Asrâr fi Ma‘nà s-Salat ‘alà n-Nabî l-Mujtâr. Breve tratado sobre el significado del acto de bendecir al Profeta con invocaciones. Escrito en 1917.

11. Nûr al-I‘timâd si Sunnat wad‘ al-Yad ‘alà l-Yad. Opúsculo escrito para demostrar que el Imâm Mâlik, al igual que los otros tres imames, sostenía que debían mantenerse juntas las manos, la derecha sobre la izquierda, durante la recitación del Corán en la oración. En consecuencia, los ‘alawíes adoptaron esta práctica, que han conservado, mientras que casi todos los demás seguidores de la escuela mâlikî mantienen las manos a los lados del cuerpo durante esta recitación. Ésta es la única obra del Šayj que se limita al ámbito del Fiqh.

12. Ar-Risâla al-‘Alawîyya. Exposición, en mil versos, de doctrina, ritual y sufismo, compuesta en la línea de otras obras didácticas tradicionales, pero con un lenguaje más sencillo. La última parte del poema, dedicada a la exposición del método sufi ‘Alawî, ha sido editada en un cuaderno, sin indicación de fecha, por la Imprenta ‘Alawî bajo el título de Kitâb Minhâŷ at-Tasawwuf.

13. Al-Qawl al-Ma‘rûf fi r-Radd ‘alà man ankara t-Tasawwuf. Respuesta en defensa del sufismo a un panfleto titulado “Espejo para poner en evidencia los errores” escrito por un detractor de las vías místicas. La etapa final de la vida del Šayj coincidió con la del auge en Argelia de un reformismo modernizante (el Islâh o salafismo) que hizo del Tasawwuf el objeto principal de sus ataques. Publicado por primera vez en 1920, ha vuelto a ser reeditado por la Zâwiya de Mostaganem en 1986.

14. Mabâdi’ t-Ta’yîd fi ba‘d ma yahtâŷ ilayh al-Murîd. Exposición muy sencilla del mínimo de instrucción necesaria para un aspirante en la Tarîqa ‘Alawîyya. La primera parte fue terminada en 1926, pero el conjunto no se llegó a completar nunca. Ha sido nuevamente editado en Mostaganem en 1989.

15. Allah: al-Qawl al-Mu‘tamad fi Mašrû‘iyyat ad-Dikr bi l-Ism al-Mufrad. En realidad, este libro consiste en una serie de artículos que publicó inicialmente en el semanario al-Balâg tratando el tema del Dikr o Práctica del recuerdo, consistente en la repetición de fórmulas y enunciados islámicos revestidos de un carácter iniciático. Entre ellos destaca la recitación en solitario de la palabra ‘Allah’, hasta que “se mezcla con tu sangre” produciendo la apertura del corazón hacia lo infinito.

16. Risâlat an-Nâsir al-Ma‘ruf fi d-Dabbi ‘an Maŷd at-Tasawwuf. Obra escrita a modo de carta dirigida a los detractores del sufismo.

17. Kitâb al-Munâŷâ. Se trata de una larga Munâŷâ o invocación para momentos de intimidad y complicidad con Allah. Consiste en un texto para uso de los miembros de la Tarîqa, editado por la Imprenta ‘Alawî en 1986, que va completada con un apéndice que recoge algunos aforismos del Šayj. Tales aforismos han conocido otra edición, con traducción al francés, con el título de Hikamtuhu: sa sagesse, sin indicación de fecha.

18. Es posible que existan más obras del Šayj en posesión de discípulos que aún no las hayan puesto a disposición de la Imprenta. Así, por ejemplo, no se tenía conocimiento de que el Šayj había ampliado su opúsculo Mabâdi’ t-Ta’yîd (nº 13 de esta lista) hasta que fue descubierto entre el legado de uno de sus seguidores. La obra ha sido publicada en 1997 por la Imprenta ‘Alawî con el título al-Minhâŷ al-Mufîd.

19. En una biografía sobre el Šayj escrita por ‘Iwad Allah ibn Hasan Mustafà al-Bahîsî se habla de una obra de teatro, que, incluso, fue representada en 1926 en Mostaganem (entre otras ciudades), bajo el título al-Layla al-Mugdiba, pero no aporta más datos salvo que trata sobre la nociva influencia de las costumbres de los franceses, que introdujeron en Argelia el alcohol y los juegos de azar[4].

20- Por último, hay que añadir a esta lista la colección de artículos del Šayj aparecidos en al-Balâg, el periódico por él fundado (se editó entre 1926 y 1946), donde también se recogen conferencias y charlas del maestro, así como de otros miembros y simpatizantes de la Tarîqa. Por el momento, han aparecido dos volúmenes de una recopilación que se está haciendo bajo los auspicios de la zâwiya ‘Alawî de Tánger[5].


[1] En cierta ocasión, el Profeta dijo: “Recoged la ciencia de la boca de los hombres”.
[2] Miftâh aš-Šuhûd,p. 25 (véase la obra número 3 del listado). La traducción es de M. Lings, Un santo sufí..., p. 58 (nota18).
[3] Especialmente el maestro darqâwî Ibn ‘Aŷîba parece haber influido notablemente en el estilo de al-‘Alawî.
[4] ‘Iwad Allah ibn Hasan Mustafà al-Bahîsî, ad-Durar wa l-La’lî, Imprenta ‘Alawî, Mostaganem, 1993, pp. 86-87.
[5] Adâmîm al-Madd as-Sârî, Tánger. Primer volumen, 1986. Segundo volumen, 1987.

PAPEL DE LAS HERMANDADES SUFÍES EN LA ARGELIA COLONIAL

En la breve exposición anterior aparece claramente el papel destacado que jugaron las hermandades (turuq) y los maestros sufíes en la oposición a la aventura colonial francesa. Efectivamente, la Argelia del s. XIX, como la inmensa mayoría del mundo musulmán, estaba organizada en torno a los centros de espiritualidad islámica, verdaderos agentes de una cohesión en el seno de un entramado invisible, descentralizado y sin manifestaciones oficiales reconocibles.
País eminentemente rural, Argelia era una extensísima porción del Magreb que escapaba a los intentos de dominación de las dinastías y ajena, por tanto, a la historia. Al igual que la mayor parte de Marruecos, Argelia era, en la terminología de las cancillerías, Blâd as-Sibâ, país anárquico. Era tierra de nadie, calificación con la que siempre se han justificado las potencias coloniales a la hora de explicar sus agresiones.
Lo que parecía que iba a ser un sencillo paseo militar se encontró con una oposición enconada, la de los sufíes miembros de hermandades. Aparecen entonces los primeros estudios sobre el fenómeno, guiados por la necesidad de encontrar fórmulas para el dominio efectivo del país. Los sufíes son los enemigos, y son descalificados de entrada. Se oponen al proyecto de progreso que ofrece Francia, por lo que serán el paradigma del oscurantismo. Simples fanáticos, los miembros de los turuq no merecen un estudio por sí mismos sino por lo que pueden suponer de escollo para el éxito de la empresa colonizadora.
Esa desvaloración se convirtió en punto de partida para cualquier análisis. Los trabajos pioneros sobre la materia fueron elaborados por “hombres que escribían entre combates, y eran centinelas avanzados en nuestros puestos del Sur o el Extremo-Sur, donde se daban al estudio del país y asumieron la pesada carga de proyectar las primeras luces sobre el gobierno y la administración de las tribus”[13].
Uno de los primeros trabajos se debe al capitán De Neveu, más tarde director de la Oficina Política del Gobierno General de Argelia con el grado de coronel, que escribió Khouan (París, 1846).
En 1884, uno de los sucesores del coronel De Neveu, el jefe de batallón Louis Rinn, posteriormente consejero de gobierno, publicó Marabouts et Khouan (Joudan, editor, Argel), obra más completa que la anterior y que fue considerada una mina de datos.
En 1887, Le Chatelier publicó a su vez la obra Les Confréries musulmanes du Hedjaz (París, Ernest Leroux), útil para el estudio de la relación entre las hermandades sufíes.
Pero fueron muchas más las publicaciones que se propusieron el análisis del enemigo, intentando identificar sus supuestas estrategias y proponer actuaciones con las que contrarrestarlas, todo ello dentro del marco de un conflicto que no garantizaba la objetividad:
Brosselard (Les Khouan, Argel, 1882).
Hanoteau y Letourneux (La Kabylie et les Coutumes kabyles).
Ernest Mercier (Étude sur la Confrérie des Khouan de Sîdî A’bdelqader-el-Djilani).
Duveyrier (La Confrérie des Senoussia, Sociedad Geográfica de París).
D’Estoournelles de Constant (Les Congrégations religieuses chez les Arabes et la conquéte de l’Afrique du Nord, París, Maisonneuve y Leclere, 1887).
Arnaud (Traduction d’une Étude sur le Soufisme, Jourdan editor, Argel).
Colas (Livre mentionnant les autorités sur lesquelles s’appuient Cheikh-Senoussi, en Le Soufisme, Archivos del Gobierno General de Argelia).
Pilard (Une étude sur la Confrérie du Cheikh Senoussi, Archivos del Gobierno General).
Napoleon Ney (Les Confréries musulmanes et leur rôle politique, Bruselas, 1891, Weissenbruck, editor).
Ernest Mayer (Étude, Anales de l’École Libre des Sciences Politiques, 1886).
Entre todas esas obras primerizas destaca la de Jules Cambon (Les Confréries Religieuses musulmanes, Maisonneuve, París,1897), sin duda la que ejercería mayor influencia en la opinión y la que tiene un objetivo más audaz: la realización de un censo de los movimientos islámicos (que en esos momentos sólo podían ser sufíes), especialmente los argelinos, y ofrecer estrategias. El autor no oculta, en la introducción a su documentadísimo trabajo, la valoración que le merece el tema de su análisis y los protagonistas de su libro: “Es ese mundo misterioso de sicarios, apóstoles y fanáticos, lo que pretendemos estudiar en esta publicación”. La obra es un buen documento sobre la mentalidad imperante, y su influencia puede ser rastreada hasta hoy en los prejuicios que existen sobre el tema. Incluso autores musulmanes contemporáneos siguen proyectando sobre su pasado la ideología que subyace en esos inevitables estudios y que han tenido que consultar para llevar a cabo sus investigaciones.
Esas obras van a conformar un corpus -aún insuficientemente cuestionado- que dará hechura a la doctrina oficial sobre el sufismo norteafricano. Los sufíes (a los que se solía llamar Ijwân, hermanos -Khouan en la ortografía francesa de ese momento-), fueron tenidos por miembros de fraternidades y sectas secretas, xenófobas y retrógradas, y debían ser desacreditados, vencidos o comprados. Además, para desvertebrar la sociedad argelina, se distinguió la figura del ‘âlim, o experto urbano en el Islam (los ulemas, tomados por el clero del Islam), mucho más controlable, al menos al principio:
“Entre nosotros, el clero musulmán oficial solo juega, desde el punto de vista religioso, un papel muy secundario. Los ulemas se limitan a recitar oraciones, a enseñar el Corán y a mantener la tradición; no tienen ningún carácter eclesiástico, o al menos sólo en misma medida que los cadis, otra categoría de ulemas, cuyo carácter jurídico real hemos disminuido, incluso tal vez con exageración, limitando sus intervenciones en los asuntos musulmanes”[14].
Con la paulatina desmembración de la Argelia tradicional, los ulemas urbanos irán adquiriendo una importancia progresiva, y serán algunos de ellos los que acaben liderando las primeras aspiraciones independentistas de las nuevas élites argelinas formadas por los franceses, desarraigadas y educadas en el desprecio hacia el sufismo pero con necesidad de definir una identidad que legitime sus inquietudes.
En cualquier caso, conscientes del peligro que suponía el sufismo, los franceses se emplearon a fondo en su desarticulación. El jurista y pensador político francés, Alexis de Tocqueville (1805-1859), en un informe sobre Argelia, decía ya en 1847:
“La sociedad musulmana en África no era incivilizada; tenía solamente una civilización atrasada e imperfecta. Existía en su seno un gran número de fundaciones piadosas, que tenían por objeto proveer las necesidades de la caridad o de la instrucción pública. Por todas partes hemos puesto las manos sobre sus finanzas y las hemos desviado de sus antiguos usos; hemos reducido los establecimientos de caridad, dejado caer las escuelas, dispersado los seminarios. Alrededor de nosotros las luces se han apagado, la actividad de los hombres de religión y los hombres de ley ha cesado; es decir, hemos hecho a la sociedad musulmana mucho más miserable, más desordenada, más ignorante y más bárbara de lo que era antes de conocernos”[15].

[13] M. Jules Cambon, Les confréries religieuses musulmanes, p. xv.
[14] Ibid, p. ix.
[15] Cita de Benjamin Stora, Histoire de l’Algérie colonial, p. 28. Sobre la postura de Tocqueville y la ideología y prácticas coloniales, véase el artículo Tocqueville y Argelia: conquista y colonización, aparecido en Le Monde Diplomatique (edición española), junio de 2001.