PAPEL DE LAS HERMANDADES SUFÍES EN LA ARGELIA COLONIAL
País eminentemente rural, Argelia era una extensísima porción del Magreb que escapaba a los intentos de dominación de las dinastías y ajena, por tanto, a la historia. Al igual que la mayor parte de Marruecos, Argelia era, en la terminología de las cancillerías, Blâd as-Sibâ, país anárquico. Era tierra de nadie, calificación con la que siempre se han justificado las potencias coloniales a la hora de explicar sus agresiones.
Lo que parecía que iba a ser un sencillo paseo militar se encontró con una oposición enconada, la de los sufíes miembros de hermandades. Aparecen entonces los primeros estudios sobre el fenómeno, guiados por la necesidad de encontrar fórmulas para el dominio efectivo del país. Los sufíes son los enemigos, y son descalificados de entrada. Se oponen al proyecto de progreso que ofrece Francia, por lo que serán el paradigma del oscurantismo. Simples fanáticos, los miembros de los turuq no merecen un estudio por sí mismos sino por lo que pueden suponer de escollo para el éxito de la empresa colonizadora.
Esa desvaloración se convirtió en punto de partida para cualquier análisis. Los trabajos pioneros sobre la materia fueron elaborados por “hombres que escribían entre combates, y eran centinelas avanzados en nuestros puestos del Sur o el Extremo-Sur, donde se daban al estudio del país y asumieron la pesada carga de proyectar las primeras luces sobre el gobierno y la administración de las tribus”[13].
Uno de los primeros trabajos se debe al capitán De Neveu, más tarde director de la Oficina Política del Gobierno General de Argelia con el grado de coronel, que escribió Khouan (París, 1846).
En 1884, uno de los sucesores del coronel De Neveu, el jefe de batallón Louis Rinn, posteriormente consejero de gobierno, publicó Marabouts et Khouan (Joudan, editor, Argel), obra más completa que la anterior y que fue considerada una mina de datos.
En 1887, Le Chatelier publicó a su vez la obra Les Confréries musulmanes du Hedjaz (París, Ernest Leroux), útil para el estudio de la relación entre las hermandades sufíes.
Pero fueron muchas más las publicaciones que se propusieron el análisis del enemigo, intentando identificar sus supuestas estrategias y proponer actuaciones con las que contrarrestarlas, todo ello dentro del marco de un conflicto que no garantizaba la objetividad:
Brosselard (Les Khouan, Argel, 1882).
Hanoteau y Letourneux (La Kabylie et les Coutumes kabyles).
Ernest Mercier (Étude sur la Confrérie des Khouan de Sîdî A’bdelqader-el-Djilani).
Duveyrier (La Confrérie des Senoussia, Sociedad Geográfica de París).
D’Estoournelles de Constant (Les Congrégations religieuses chez les Arabes et la conquéte de l’Afrique du Nord, París, Maisonneuve y Leclere, 1887).
Arnaud (Traduction d’une Étude sur le Soufisme, Jourdan editor, Argel).
Colas (Livre mentionnant les autorités sur lesquelles s’appuient Cheikh-Senoussi, en Le Soufisme, Archivos del Gobierno General de Argelia).
Pilard (Une étude sur la Confrérie du Cheikh Senoussi, Archivos del Gobierno General).
Napoleon Ney (Les Confréries musulmanes et leur rôle politique, Bruselas, 1891, Weissenbruck, editor).
Ernest Mayer (Étude, Anales de l’École Libre des Sciences Politiques, 1886).
Entre todas esas obras primerizas destaca la de Jules Cambon (Les Confréries Religieuses musulmanes, Maisonneuve, París,1897), sin duda la que ejercería mayor influencia en la opinión y la que tiene un objetivo más audaz: la realización de un censo de los movimientos islámicos (que en esos momentos sólo podían ser sufíes), especialmente los argelinos, y ofrecer estrategias. El autor no oculta, en la introducción a su documentadísimo trabajo, la valoración que le merece el tema de su análisis y los protagonistas de su libro: “Es ese mundo misterioso de sicarios, apóstoles y fanáticos, lo que pretendemos estudiar en esta publicación”. La obra es un buen documento sobre la mentalidad imperante, y su influencia puede ser rastreada hasta hoy en los prejuicios que existen sobre el tema. Incluso autores musulmanes contemporáneos siguen proyectando sobre su pasado la ideología que subyace en esos inevitables estudios y que han tenido que consultar para llevar a cabo sus investigaciones.
Esas obras van a conformar un corpus -aún insuficientemente cuestionado- que dará hechura a la doctrina oficial sobre el sufismo norteafricano. Los sufíes (a los que se solía llamar Ijwân, hermanos -Khouan en la ortografía francesa de ese momento-), fueron tenidos por miembros de fraternidades y sectas secretas, xenófobas y retrógradas, y debían ser desacreditados, vencidos o comprados. Además, para desvertebrar la sociedad argelina, se distinguió la figura del ‘âlim, o experto urbano en el Islam (los ulemas, tomados por el clero del Islam), mucho más controlable, al menos al principio:
“Entre nosotros, el clero musulmán oficial solo juega, desde el punto de vista religioso, un papel muy secundario. Los ulemas se limitan a recitar oraciones, a enseñar el Corán y a mantener la tradición; no tienen ningún carácter eclesiástico, o al menos sólo en misma medida que los cadis, otra categoría de ulemas, cuyo carácter jurídico real hemos disminuido, incluso tal vez con exageración, limitando sus intervenciones en los asuntos musulmanes”[14].
Con la paulatina desmembración de la Argelia tradicional, los ulemas urbanos irán adquiriendo una importancia progresiva, y serán algunos de ellos los que acaben liderando las primeras aspiraciones independentistas de las nuevas élites argelinas formadas por los franceses, desarraigadas y educadas en el desprecio hacia el sufismo pero con necesidad de definir una identidad que legitime sus inquietudes.
En cualquier caso, conscientes del peligro que suponía el sufismo, los franceses se emplearon a fondo en su desarticulación. El jurista y pensador político francés, Alexis de Tocqueville (1805-1859), en un informe sobre Argelia, decía ya en 1847:
“La sociedad musulmana en África no era incivilizada; tenía solamente una civilización atrasada e imperfecta. Existía en su seno un gran número de fundaciones piadosas, que tenían por objeto proveer las necesidades de la caridad o de la instrucción pública. Por todas partes hemos puesto las manos sobre sus finanzas y las hemos desviado de sus antiguos usos; hemos reducido los establecimientos de caridad, dejado caer las escuelas, dispersado los seminarios. Alrededor de nosotros las luces se han apagado, la actividad de los hombres de religión y los hombres de ley ha cesado; es decir, hemos hecho a la sociedad musulmana mucho más miserable, más desordenada, más ignorante y más bárbara de lo que era antes de conocernos”[15].
[13] M. Jules Cambon, Les confréries religieuses musulmanes, p. xv.
[14] Ibid, p. ix.
[15] Cita de Benjamin Stora, Histoire de l’Algérie colonial, p. 28. Sobre la postura de Tocqueville y la ideología y prácticas coloniales, véase el artículo Tocqueville y Argelia: conquista y colonización, aparecido en Le Monde Diplomatique (edición española), junio de 2001.






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